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Eso es lo que peor llevo. De echo, es lo único que puede decirse que no lleve bien. Ser dependiente en ese ámbito, en ese punto exacto. Me da miedo.
Duele el corazón cuando te lo dejas cerca del final, donde todo empieza.
Mi pecho sube y baja lentamente hasta que capto el estímulo, entonces todo empieza a girar. Se agita, respiro hasta hiperventilar, o simplemente se me olvida respirar. Son como engranajes que fabrican su propio aceite y no necesitan ayuda alguna para seguir avanzando. Es como esa rotura del pantalon que nunca quieres arreglar porque te identifica. Es el movimiento, el color y el brillo de los ojos. El sentirme viva.
No sé si es rabia o melancolía, los impulsos que tanto atraen como repelen.
Supongo que no siempre roza el sol aquellos valles coloridos ni el agua viene a enseñarme su cambio de color. La vida, si queremos llamarla así, es una enorme salamandra.
Vuelven a caer poco a poco las paredes de mi habitación sobre mi cabeza y esa presión en el pecho que me trae ganas de no sonreir. Las nubes de polvo y gas que me aturden la cabeza y todo me sabe a poco, dándome la sensacion de que falta algo. No me gusta este tipo de sensaciones cuando se preocupan más de intensificar mis defectos que mis virtudes.
Ultimamente pensaba que mi razón era más fuerte que mi cabeza, y aunque sé que no va mal desencaminada, esto es como las caracteristicas de una fobia: sin sentido alguno y aunque sabes que es mentira, te afecta igual.