jueves, 4 de noviembre de 2010

Aquella noche no tenía nada que hacer, lo supe desde por la mañana. Me desperté muy pronto, pero disfruté más las horas de esa cama vacía y sumisa a quien llegara. La casa estaba hecha un asco, pero ¿Qué mas da? Nadie iba a reprocharmelo. Al irse el sol me dio por peinarme. Me alisaba el pelo que me llegaba por debajo de las orejas, de color negro tizón. A veces no me reconocía en el espejo, sin color en la cara. Salí sin saber muy bien donde ir, así que pensé por probar algo nuevo. Las paredes estaban pintadas de rosa y el ochenta por ciento de la ropa de aquel lugar tenía rejilla. No sé si fue en la segunda o en la cuarta copa donde perdí la cabeza. Se plantó delante de mi, con aquella melena pelirroja que le llegaba por debajo de la espalda y un escote considerablemente más vistoso que el mío. Tampoco sé si nos empezamos a besar en aquel lugar o en la calle. Ni me acuerdo como acabó en mi cama.

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