Aun así no podía dejar de mirarlo. Después de hacer el largo viaje lleno de sequía y animales enfurecidos por su propio peso, se vio atrapado cara a cara con la muerte. Vestía de blanco, como suele aparecer la esperanza de los cuadros de la época, y le sonreía cálidamente. Él no quería romper el silencio, pero le daban miedo las situaciones tensas. Mientras pensaba en un plan de evasión, sus ojos se movian de un lado para otro, intensificados por el paisaje. No entendía como en una situación tan meláncolica los prados estaban tan verdes y las flores se le antojaban cantarinas. Se centró, y volvió a mirar al sujeto de blanco. Se fijó en que -más bien- su presencia era agradable, llena de paz. Todo le parecía extraño, el olor, la situación. ¿Por qué todo tenía tanto color si estaba apunto de terminar? Que la muerte vistiera de blanco no significa que le dejara ir en paz. ¡Después de tanto camino! Quizá el destino fuera llegar aqui y... Algo distrajo su hilo de pensamientos. El hombre de blanco se acercó y le puso una mano en el hombro. Él pensó en echar a correr en ese mismo instante, en aprender a volar si fuera necesario, pero sus piernas no le respondieron. Aquel hombre, tan sencillo, se rió melódicamente, como si estuviera en el Nirvana. Él seguía sin compender nada, ¿por qué tanta calma el día de su muerte?. El hombre de blanco optó por echar una mirada profunda a su alrededor, y él no tuvo más remedio que imitarle. Descubrió un nuevo camino lleno de flores donde descendía un pequeño riachuelo y los rayos del sol se adentraban con timidez en el agua. Se quedó ensimismado, y cuando se dio cuenta se ruborizó y miró al hombre de blanco, totalmente sorprendido, ya que este le estaba mirando con los ojos llenos de ternura. Fue en ese instante cuando comprendió todo.
La gente no se lo cree, pero cada persona tiene sus etapas, sus rachas. En la mujer, por ejemplo, son perfectamente visibiles al tratarse de un cambio hormonal (aparte de temas paralelos a la vida real). Cuando se trata de un mal día y ves que no hay salida hasta que vuelva a amanecer, son esos pequeños detalles los que te ponen de mal humor. Quizá en otro momento. Hay veces que necesito un abrazo y no, no quiero pedirlo.